El SalvadorEl Salvador
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ISBN 978-99983-917-3-4

El laico y la cuestión social en América Central, (1970-1992)

Autor:Coto Flores, Luis Alonso
Colaborador:Chopin Portillo, Juan Vicente (Editor Técnico )
Editorial:JRODHERZ Editores
Materia:Iglesia Católica Romana
Público objetivo:General
Publicado:2025-03-30
Número de edición:1
Número de páginas:512
Tamaño:18x24cm.
Precio:$12
Encuadernación:Tapa blanda o rústica
Soporte:Impreso
Idioma:Español

Reseña

«Un gran amigo, pastor y maestro. Un hombre de Dios. Su incansable trabajo siempre iba orientado a construir un mundo mejor. Su amor por los pobres es digno de encomio. Es el académico más humilde que he conocido, pues en sus conversaciones nunca se jactaba de sus títulos, por el contrario, dijo: “mi mejor diploma es estar entre ustedes
sirviendo como Dios quiere”. Una inquebrantable utopía de paz y justicia social estuvo siempre presente en su mente; luchó tenazmente por ella hasta el último momento de su vida» (Ester Jacobo de Conde). «Fue el amigo, el hermano con quien podía compartir la vida, los esfuerzos en nuestra labor pastoral, las alegrías por los resultados, las inquietudes frente a los grandes desafíos que teníamos como iglesia a causa de la realidad del proyecto de muerte que atravesamos. Sacerdote con gran espíritu de fraternidad con los sacerdotes; les visitaba y animaba ante alguna crisis que atravesaban. Sacerdote encarnado en su pueblo, estudioso, cuestionador desde una pastoral liberadora, al estilo de Jesús de Nazaret» (Noemí Ortiz). «Hombre y cristiano comprometido con su vocación ministerial y la solidaridad para sus hermanos sacerdotes, a
quienes en algunos casos trataba como un padre espiritual; confiaba y creía mucho en los laicos y le apostaba a la justicia social, buscando y construyendo espacios dignos para las personas. El gran amigo del que nos habla la Biblia. Compañero de luchas. Viviendo fraternalmente como Jesús en Betania, llamaba sin alteraciones de voz a construir el Reino al estilo de Jesús» (Paula Figueroa). «Hombre solidario. Destinó un fondo en la parroquia San Juan Bautista para la gente que siempre pedía ayuda. Disciplinado, pero esa disciplina ayudó a que el trabajo en la parroquia fuera lo mejor posible. Un gran consejero espiritual para sacerdotes y feligreses. En las misas de cuerpo presente tenía la palabra adecuada para calmar el sufrimiento y el dolor de la gente; eso lo digo de primera mano, porque escuché los testimonios de muchos dolientes
cuando dijeron: “esas homilías me han llenado el corazón de esperanza y de tranquilidad”» (Amilcar Mena). «Si hubiera que sintetizar la vida y obra del padre Luis, bastarían dos palabras: fidelidad y coherencia. Fidelidad a su Iglesia, a su comunidad, a su familia, a su pueblo. Coherencia con la historia, con su opción preferencial por los pobres,
con su compromiso como académico, como educador. Con su fe, como inspiración y horizonte, supo seguir las huellas de Cristo y, así, ser sal y luz para todas y todos» (Paulino Espinoza). «Conocí al padre siendo seminarista todavía, cuando hacía su práctica pastoral en la parroquia de la Zacamil. Se destacó desde entonces como una persona sencilla, servicial, accesible y muy inteligente. Ajeno a todo fanatismo o
arrogancia, estaba hecho para contribuir a la buena convivencia. Dónde Luis se hizo presente se establecía un ambiente fraterno por encima de las cosas que nos dividían. El estrecho vínculo que establecía con la zona sur, una comunidad ubicada al lado de los 400 (Zacamil), por cierto, muy pobre, revelaba su amor a los pequeños y marginados; a la vez su empatía con las comunidades eclesiales de base. P. Luis vive ahora en la cercanía de Dios y que viva igualmente en el corazón de todos los y las que, como él, seguimos soñando con un mundo mejor» (Pbro. Rogelio Ponseele). «Hombre eclesial, del pueblo y de comunidad. Signo de comunión, trabajador incansable del Reino de Dios. Sacerdote que supo vivir la vida con ilusión, forjando el futuro con esperanza. Siempre dispuesto a servir a todo el que lo buscaba. Él enseñó que la fraternidad hay que creerla, para crearla» (Pbro. Ángel Rivera). «Hermano cercano a los sufrientes. Un pensador contracorriente. Un testigo que nos hacía cuestionarnos. Un amigo en el que se podía confiar. Y, sobre todo, un serio discípulo de Jesús» (Pbro. Jaime Paredes). «Siempre se caracterizó por su sencillez, su cercanía de hermano sacerdote y de igual manera con la feligresía, aún con los obispos. Gustó mucho de la enseñanza como formador en todo nivel; le gustaba siempre estar informado del
acontecer eclesial y social. Como persona y sacerdote amó fielmente al Señor y a la Iglesia» (Pbro. Adrián Sánchez). Luis Alonso Coto Flores
Nació el 9 de Noviembre de 1949 en San Salvador, El Salvador. Vida
Hijo de Antonia Flores y Cipriano Coto. Su madre enfermó con hemorragias que la llevaron meses más tarde a la muerte. No la conoció.
Su padre quedó con tres hijos Marcos Coto, Javier Coto y Maritza Coto, siendo él, el tercero. Su padre era obrero y en medio de las pobrezas los llevó a un internado en San Miguel. Pudo conocer a las hermanas josefinas de México quienes le iniciaron en la fe, muy amigas de dos grandes sacerdotes: Rafael Valladares y Óscar Arnulfo Romero. Desde muy pequeño los trató a ambos. Años más tarde conoció a Mons. Lorenzo Graziano, OFM, quien era obispo en San Miguel. Los tres, y las hermanas josefinas, los puso Dios en su camino y nunca los abandonó.
Vocación Sacerdotal Por curiosidad inició el camino vocacional. Un joven seminarista en 1968 le dijo que «debía volar como las águilas» (Jacinto Saldaña). Fue así, como se presentó a una «semana de prueba» en San Miguel. ¡Sorpresa! P. Manuel Osorio le dijo: «¡Quedaste!». Aparece entonces un Obispo, Lorenzo Graziano, y le dice: «Mañana pasa por la casa episcopal». Comprándole todo lo necesario para el Seminario Menor, lo adoptó y lo acompañó durante toda su formación. Un año después, luego de la guerra con Honduras, renunció a la Sede episcopal de San Miguel, pero siempre estuvo pendiente de su persona y le prometió, en caso de ordenación sacerdotal, hacerlo él. Ordenándose el 20 de Diciembre de 1980. En 1972 vivió y experimentó con tristeza el cierre del Seminario San José de la Montaña. Las comunidades de Zacamil lo adoptaron como uno de sus miembros e hijos. El P. José María Gondra le dio una beca para poder continuar sus estudios en la UCA. En el año 1975 lo envían a Lovaina. Terminó su bachillerato en Teología y va a los EEUU, gracias a Mons. Lorenzo Graziano y siguiendo el consejo de Mons. Romero, para realizar sus estudios. Tras la muerte de los padres Neto Barrera (1978) y Octavio Ortiz (1979), quienes eran muy amigos y cercanos a él, la Zarza no se consumía y se acercó tanto que enseguida lo empujó hacia el diaconado el 23 mayo 1979. Las señales fueron aún más claras y le pidió a Mons. Rivera, siendo Administrador Apostólico, que le concediera, por su ministerio episcopal, en nombre de la Iglesia, el
presbiterado. Regresó a El Salvador y lo recibe Mons. Rivera Damas, quien lo envió a la famosa «Refinería de llopango» donde hizo camino con un gran pastoralista. En 1988 lo envía a Quezaltepeque y en el año 1991 lo incorporaron al Equipo Formador del Seminario. Dos años después los señores obispos lo nombraron Rector. Tres años más tarde, en enero de 1996, lo sustituyen del Seminario y decide por voluntad propia, regresar a Lovaina, sin ningún costo para la Arquidiócesis. Fueron cinco años del Seminario los de máxima realización y felicidad como presbítero a pesar de las pruebas e incomprensiones que pudo experimentar. Su regreso a Lovaina fue un ejercicio de interiorización y búsqueda sincera para consigo mismo y para con la Iglesia. El encuentro con la gente y los estudios, como también la oración y el silencio, le ayudaron mucho. Porque en algún momento pensó seriamente dejar el
ministerio sacerdotal. Acudió a unos amigos jesuitas en El Salvador y hermanos diocesanos para replantear su vocación y deseo de dejarlo todo, quienes le ayudaron sanar y darse cuenta que el proyecto de Dios vale la pena y por el cual hay que sufrir mucho. Mons. Ricardo Urioste y José Ángel Renderos fueron de gran apoyo en ese proceso. Regresó a El Salvador en el año 2005, justo para celebrar los 25 años del martirio de Mons. Romero. Unos días más tarde muere el Papa Juan Pablo ll.
Lo envía el Arzobispo Fernando Saénz Lacalle a Cojutepeque, un 11 de junio del año 2005, donde estuvo hasta la fecha como párroco de la Iglesia San Juan Bautista y Rector del Centro Escolar Católico «Luis Pastor Argueta». Siempre Piensa en sus hermanos sacerdotes, especialmente en los jóvenes y los ancianos. La Zarza sigue ardiendo. El ser siempre,
con la ayuda de Dios, un «fuego que enciende otros fuegos».

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