Campo florido
Soy fan de Francisca Alfaro. No únicamente porque desde el origen fue suya y sólo suya la rosa oscura que despunta luminosa en su palabra, sino también porque sus manos habitan y transforman y señorean la noche. No toda florescencia es amable y mesurada. La viven/sufren
el murciélago, la salamandra, la aurora, la tortuga, el conejo, el colibrí y el pez—las parcelas del Campo florido—que la poeta nos hace palpar sin descanso y respirar a versos breves en su bestiario que se despliega tenso, amenazante, frágil, hasta mítico y, desde luego, umbrío.